viernes, 1 de octubre de 2010

Atrapado por la luz y el sonido

King Midas Sound en el CCP.
Por Vicente Ortiz
Foto- mySpace del grupo
Martes, 28 de septiembre de 2010


Ciclo "Alternativos"

Primero el humo. La luz en la sala se atenúa. Sale a escena Kevin Martin y el personal, que completa unos tres cuartos del patio de butacas, aplaude. Se inclina sobre los mandos y el motor se enciende despacio, arrastrando el silencio. Viraje a rojo. El motor empieza a vibrar rugir lentamente.

La sala se llena completamente de humo que filtra la luz roja desde los telones del fondo del escenario: atmósfera. Y el ritmo se va afilando violentamente. Despegue. O es una ciudad enorme y oscura arrastrando rítmicamente sus órganos húmedos. No va a ser fácil permacener tranquilo aquí dentro durante la próxima hora y pico: se están desplegando los sonidos del sur de Londres, y ese no es un lugar fácil.

Imagina pasear a solas por la ciudad a las tres de la madrugada y una fina fina lluvia te cala hasta los huesos y tu chica te ha dejado. Lógicamente tengo la sensación de que el público no está relajado en sus butacas. Aquí hay que estar atentos, ésta no es música para almas cándidas y por momentos desborda la capacidad del auditorio del CCP. Y los auditorios son lugares fríos, impersonales.


Con paso paquidérmico de peso pesado, aparece toda la humanidad de Roger Robinson (poeta, maestro del spoken word), una silueta negra recortada sobre el fondo rojo en el centro del escenario, traje y sombrero. El sonido aún no está debidamente ajustado, y su voz se pierde ligeramente entre la furia apabullante de la música, todavia no hemos alcanzado velocidad de crucero.

Intento olvidar la maraña que supone la inumerable cantidad de estilos, vertientes y meandros en la electrónica moderna y procuro concentrarme en lo que importa: la música, las canciones, las emociones: la música electrónica ha alcanzado un grado de emoción desde la frialdad de los aparatos que puede galvanizar el alma del más pintado.

Sale a escena el último vértice del triángulo. Kiki Hitomi, cantante y artista de origen japonés: otra silueta oscura contra el fondo rojo. Ya está completa la escenografía, incluyendo unos incomodísimos flashes de luz blanca que te pueden volver epiléptico. Se van sucediendo las canciones sin pausas, el sonido brilla como una navaja recién afilada, yo me dejo atrapar.


Contrasta la voz dulce y azulada de Hitomi (no puedo apartar la mirada de sus bailes evanescentes), con la presencia grave y contundente de Roger Robinson, de cálido y heterogéneo flow y cimas de emoción, que de vez en cuando agarra una guitarra eléctrica y otras desaparece completamente en la oscuridad del escenario, cuya iluminación no cambia en todo el concierto: siempre las siluetas negras sobre fondo rojo.

Y esa monótona puesta en escena contrasta con la montaña rusa de sonidos que va fabricando Kevin Martin desde sus mandos, ritmos sincopados que se acoplan a las melodías de las voces, atmósferas que me ponen los ojos en blanco, apocalipsis triturador, a veces el placer duele: Kevin casi desaparecido en la oscuridad detrás de las máquinas. Todo encaja, y llega el estremecimiento, incluso el escalofrío; canciones de (casi) estructura convencional como "Goodbye girl", que apenas se aleja unos centímetros del silencio y a mí me dejan pegado a la butaca. O letanías spoken word, "Earth a kill ya". O marcianadas instrumentales con las que Stravinsky daría saltos.


La emoción de la voz humana en perfecta compenetración con los sonidos de las máquinas, eso es el álbum "Waiting for you", uno de esos discos que se te cuela dentro a la primera escucha, y que merece la pena dejar en silencio durante un tiempo para volver a sentirlo igual que la primera vez. Un viaje circular por las tripas de la megalópolis que late. Y llegamos al destino después de algo más de hora y cuarto de viaje, los motores se van apagando. Todo cobra sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario